Relatos de Incesto

Relato incestuoso

Me llamo Ana y tengo 36 años. Me gustaría compartir anónimamente mi primera experiencia sexual que es del tipo de los relatos de incesto. Mi relato sucedió cuando tenía 19 años.

Era una mujer normal, bueno yo pensaba que era excesivamente normal, aunque mis compañeras de trabajo decían que tenía unos ojos grises muy bonitos, y siempre me preguntaban por mis ligues del fin de semana…

Nunca me atreví a decirles que no me había comido un pimiento en mis 19 años, muy a mi pesar era virgen y nadie lo sabía más que yo.

Cada lunes en el vestuario y mientras nos cambiábamos, mi compañera Esther que además de ser un manojo de nervios era una cachonda, contaba sus batallas del fin de semana, las batallas con su novio y las sobrevenidas con chicos que conocía en una noche y se los tiraba.

Tenía una doble vida que me apasionaba, le daba lo mismo contar lo que su novio le hacía en la cama de sus padres, como lo que ella hacía a desconocidos en algunas noches mientras su novio trabajaba los fines de semana. Joder cada vez que escuchaba sus relatos me mojaba y a veces tenía que irme al servicio para acariciarme tratando de silenciar el sonido de mi gemido. Era superior a mis fuerzas.

Soñaba con ser ella y atreverme algún día a imitarla.

Era viernes y estábamos acabando de trabajar, nos despedimos deseándonos buen fin de semana y me encaminé hacia la parada del autobús. Cada paso que daba mi cabeza me decía, este es tu fin de semana definitivo, vas a follar con el camarero de “la luna”. La luna era un garito de moda, donde mis amigas y yo solíamos pasar la noche del sábado. Era un garito donde solo había “vigilantes de la playa”, ni una camarera ni media, solo camareros y entre ellos Luis.

Al subir al autobús me fui al fondo, y es allí donde me sobresalté, algo pasó en mí, aquella mirada me penetraba y me infundía miedo y a la vez deseo.

En su cara se reflejaba dureza, tenía una cicatriz en la mejilla derecha, camisa bastante desabrochada y vaqueros. Era un rostro duro y a la par sugerente.

El no paraba de mirarme y me ponía cada vez más nerviosa, respiraba con dificultad, pero había algo en él que me hacía hervir, mi temperatura subía. Notaba que cada vez que me miraba, mis labios me quemaban, era como si se me hubieran hinchado, me ardían hasta el punto que tenía que refrescarlos pasando mi lengua húmeda por ellos.

Cada parada rezaba para que no bajara del autobús. Estaba caliente, muy caliente, me hubiese arrodillado y se la hubiera chupado delante de toda la gente que iba en el autobús, podía imaginar sus deseos al mirarme.

Conforme subía en cada parada más gente, me apretaba cada vez más a él, hasta el punto que noté su mano como rozaba mi entre pierna yo seguí mirando como si no pasara nada y el cada vez apretaba más, me moría de gusto. Me moría en silencio, no podía suspirar, ni gemir, me gustaba y me moría de nervios, y de no poder expresar el placer delante de tanta gente. Mi parada llegaba y notaba como estaba chorreando, era algo indescriptible, estaba con un desconocido sobándome en el autobús y sin mediar palabra, no conocía quien era, ni siquiera el tono de su voz.

Decidí bajar rápidamente del bus, él siguió.

Llegue a casa y después de dejar el bolso y la chaqueta corrí al baño para terminar con aquel calentón. Metí los dedos todo lo que podía me hacía daño, y pensaba en él pensaba en la dureza de su polla y como si en ese momento me estuviera penetrando, la cabeza me daba vueltas de placer, estaba a punto de perder el conocimiento, nunca antes me había pasado esto. Acabé pensando en él.

Una hora después sonó el portero automático, descolgué el auricular y pregunté quién era. Una voz grave preguntó si vivía Ana, le dije que sí, pregunté el por qué y me dijo que si podía abrir que era Fran el primo de Ana.

Rápidamente reaccioné, era mi primo Francisco un primo del pueblo de mi padre al cual no había visto desde la infancia, era unos 10 años mayor que yo y había estado en la cárcel por las malas compañías, le recordaba de jugar juntos de pequeños.

Al abrir la puerta de casa me quedé muerta, era el desconocido del autobús. Ya conocía su voz, me gustaba y nada más cerrar la puerta y sin mediar palabra comenzamos a besarnos como si fuera el último beso, me estrujaba en sus brazos y me deshacía de deseo.

Ese día perdí la virginidad. Mi primo me follo durante dos años, hasta que lo volvieron a detener, por las malas compañías.

Relatos eroticos de incesto

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